“El capitalismo está bajo asedio…La pérdida de la confianza en las empresas está haciendo que los líderes políticos tomen medidas que socavan el crecimiento económico…Las empresas están atrapadas en un círculo vicioso…El propósito de una corporación debe ser redefinido en torno a la creación de valor compartido”. Así iniciaban Michael E. Porter y Mark R. Kramer su articulo para la Harvard Business Review en 2011, cuando ya empezaban a cuestionar el status quo y la visión de las empresas como principales causas de los problemas sociales, ambientales y económicos, lo que obligaba a reenfocar las inversiones desde el rendimiento meramente económico hacia una triple la rentabilidad, que incluyera la social y medioambiental en las métricas de éxito. 

Desde entonces, esa inversión socialmente responsable ha evolucionado y empieza a ir un paso más allá. Deja de verse como una cosa de entidades altruistas que no pretenden obtener nada a cambio para ser algo que reclama la sociedad y que viene potenciado por el cambio generacional. En palabras de Philippe Le Houérou, CEO de la Corporación Financiera Internacional (IFC, por sus siglas en inglés), “cada vez son más los inversores jóvenes que solicitan que sus inversiones se dirijan a fondos que repercutan de forma positiva en las comunidades y el medio ambiente”.

 

Inversión responsable

Esa nueva coyuntura social y generacional repercute en el incremento de la inversión socialmente responsable, que incluye en cada inversión criterios que toman como referencia factores ambientales, sociales y de gobernanza corporativa (conocidos como criterios ESG, por sus siglas en inglés). Steffen Hörter, responsable global de ESG de Allianz Global Investors, explica que estos factores “son cada vez más reconocidos como determinantes críticos del éxito o el fracaso de empresas de todo tipo”, al tiempo que observa un mayor interés por parte de los inversores, “porque incorporan decisiones de inversión que les pueden ayudar a gestionar el riesgo y generar retornos más sostenibles en el largo plazo”. 

Criterios que antes eran un plus a la hora de escoger una empresa en la que invertir y que, cada vez más, se convierten en un requisito obligatorio porque ayudan “a determinar el valor de mercado”, expone Hörter. El análisis de los ESG es un análisis extrafinanciero que busca ofrecer una visión más amplia sobre los riesgos, especialmente en un entorno de mercado en donde los modelos de negocio están evolucionando constantemente. “Siempre es importante examinar el balance y los comunicados públicos de las empresas, pero un porcentaje creciente de los activos corporativos son hoy más intangibles por naturaleza. Estos activos intangibles incluyen la reputación de la empresa, su propiedad intelectual y el valor de su marca, y muchos están relacionados o afectados directamente por factores ESG mainstream”, afirma Hörter.

Y todo eso hace que el mercado de la inversión sostenible siga creciendo. De acuerdo a los últimos datos publicados por la Global Sustainable Alliance en su informe bienal, en el ámbito global, en 2018, había cerca de 30,7 billones de dólares gestionados con criterios que tienen en cuenta aspectos como el buen gobierno, el medio ambiente o el desempeño social, y que supone un incremento del 125% respecto a 2012. La Global Sustainable Alliance refuerza el mensaje de Steffen Hörter: “este crecimiento tiene su origen en la premisa de que las compañías que prestan atención a criterios de sostenibilidad ofrecen mejores rentabilidades a iguales parámetros de riesgo ajustado que sus competidores”.

Algo que ha visto claro la gestora de inversiones más grande del mundo, BlackRock, que ha hecho de la sostenibilidad su estándar de inversión. “Dado el riesgo que representa el cambio climático global para el crecimiento económico y la prosperidad”, asegura su presidente y CEO, Laurence D. Fink, y marca como objetivo aumentar los activos gestionados de forma sostenible más de diez veces en los próximos 10 años, superando el billón de dólares. 

 

Inversión de impacto

Un paso más allá de la Inversión Socialmente Responsable de la que hablábamos antes se desarrolla la Inversión de Impacto. En este caso, no solo se tienen en cuenta criterios ESG, sino que detrás de la inversión está la voluntad explícita de crear un impacto social y medioambiental positivo, junto, como siempre, con un retorno financiero también positivo. 

La primera gestora especializada en inversión de impacto fue BlueOrchard, fundada en 2001 por iniciativa de la ONU. Ofrece soluciones de inversión de impacto Premium a inversores en todo el mundo y financiación de deuda y capital a instituciones en mercados emergentes. Hasta ahora, ha invertido 6.000 millones de dólares en más de 80 países. Otro de los pioneros en este mercado de la inversión de impacto fue Bridges Fund Management, creado en 2002 por Sir Ronald Cohen, Michele Giddens y Philip Newborough, con la creencia de que los negocios y las inversiones podrían desempeñar un papel vital para abordar algunos de los desafíos sociales y ambientales más apremiantes. Hasta ahora han recaudado un capital de más de mil millones de libras. 

Los ejemplos de que esas inversiones de impacto son rentables y la demanda de una economía cada vez más responsables han hecho que ya no solo apuesten por la inversión de impacto las gestoras especializadas, sino que los grandes gestores del capital riesgo, acostumbrados a priorizar el propósito de conseguir rentabilidad a corto plazo, también empiezan a constituir nuevos fondos de impacto

TPG Capital fue una de las primeras grandes gestoras tradicionales en entrar en esa nueva inversión de impacto. La empresa de capital riesgo entró en este apartado en 2017 con un primer fondo (The Rise Fund) para el que recaudó 2.100 millones de dólares y podría cerrar otro en breve que llegara a los 3.500 millones de dólares para un vehículo continuador. Blackstone lanzó el año pasado una plataforma específica para identificar y materializar este tipo de transacciones responsables. Bain levantó un fondo de impacto de 390 millones de dólares hace tres años y Partners Group captó 1.000 millones de dólares en 2018 para esta estrategia. 

Tampoco se ha quedado fuera de esta apuesta Apollo Global Management LLC, que en agosto del año pasado anunciaba que busca mil millones de euros para su primer fondo de impacto. Y uno de los últimos en sumarse ha sido KKR, que recibió 225 millones de dólares de UBS en «una de las mayores inversiones hasta la fecha» en el vehículo de capital privado que se lanzó el año pasado, según un comunicado emitido por la compañía. En total, este mes de febrero KKR cerró un fondo de inversión de impacto de 1.300 millones de dólares. Incluso Goldman Sachs ha creado una división de impacto, desde la que planea gastar 750.000 millones durante la próxima década financiando y asesorando a compañías enfocadas en temas de finanzas sostenibles, como la transición climática y el crecimiento inclusivo. 

Son algunos ejemplos que demuestran que la inversión de impacto ha dejado de ser cosa de unos pocos fondos de gestoras pequeñas y locales, comprometidas con la sostenibilidad y el desarrollo social. Ejemplos que han situado los números del mercado de inversión de impacto global en los 502.000 millones de dólares en 2018, según datos del informe ‘Sizing the Impact Investing Market’, publicado por el Global Impact Investing Network, con un crecimiento que se ha duplicado cada año durante los últimos 4 años. Un volumen de crecimiento que hará que, aunque por ahora la inversión de impacto solo representa cerca de un 1% del volumen activos financieros gestionados por gestoras a nivel internacional, pronto represente un porcentaje mucho más relevante y los gestores de carteras deban apostar por ella cada vez más